Mostrando entradas con la etiqueta Sin instrucciones. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Sin instrucciones. Mostrar todas las entradas

15/5/18

Restos de mayo

Sin noticias de mayo, nos quedan restos antediluvianos del 68. Consignas y carteles para la curiosidad de coleccionistas en exposiciones, que recrean la nostalgia de una izquierda anclada en el pasado. El capitalismo tiene la capacidad de absorber todo lo que describe órbitas a su alrededor, incluso aquello que aspira a destruirlo. Revueltas callejeras en París, la primavera de Praga, los movimientos sociales y artísticos contra la guerra de Vietnam, contra las desigualdades y contra un sistema que supo esperar a que pasara la tormenta. Aquellos estudiantes llamando al cambio radical en el fondo y en la forma, los poderosos sindicatos de conciencia obrera, el deseo irreprochable de transformar el mundo y derribar al gran capital, resumen la crónica de un fracaso perfecto. A pesar de sus logros estéticos, aquel impulso renovador y generacional se desvaneció con el tiempo para recordarnos nuestra condición de especie que, ya desde el nacimiento, asimila que todo tiene un precio, porque somos mercancía, tanto jefes como trabajadores, distintas piezas del mismo engranaje que engrasamos por nuestro propio interés. Las crisis llamadas sistémicas no son sino la necesaria limpieza que necesita el crecimiento económico para evolucionar y reproducir la explotación que determina nuestro modo de vida. Mientras tanto, hablamos de libertad, igualdad y fraternidad, pacifismo y eco feminismo, música celestial para desahogo de gentes que reciclan y pagan la cuota de cualquier activismo. Es curioso observar el actual fenómeno de una opinión pública hiper censuradora, con el ojo mediático a la caza y captura de corruptelas políticas, violaciones en grupo, micro machismos y una interminable lista de personas y sucesos, susceptibles de ser quemados en la hoguera de las redes. En realidad, mayo nunca pasará de moda, como ese disfraz que desempolvamos de vez en cuando, para sentir que alguna vez quisimos liberarnos de nuestro miedo cerval a abandonar esta cómoda esclavitud.

Artículo publicado en el diario La Opinión de Tenerife el 15/05/2018



26/4/18

La desaparición del liderazgo



Para aspirar a una forma de liderazgo que marque tendencia, hay que llegar a la masa crítica mediante la construcción de personajes y relatos escogidos en función de nuestros gustos, miedos, anhelos y, en definitiva, de lo que apela a nuestras emociones básicas. Nuevas herramientas de espionaje masivo realizan minería de datos, escudriñan cada perfil de usuario en las redes sociales, hasta conseguir la capacidad de influir en nuestras decisiones, predecir lo que haremos mañana, o medir nuestra intención de voto sobre el candidato que nos han precocinado. Se trata de plataformas inteligentes que sirven de guía para diseñar estrategias y generar realidades alternativas. 

El sujeto que mejor encarna este desarrollo del anti líder, es Donald Trump, el inesperado Presidente norteamericano que publica tuits, con el tipo de mensajes que los algoritmos le aconsejan. El big data garantiza conclusiones fiables, sin apenas margen de error, sobre el contenido que vuelca a una audiencia digital, que valora la reacción instantánea por encima de cualquier otra consideración. En la era del entretenimiento, nos abrazamos a un capitalismo descerebrado, acumulador de seguidores que interactúan con todo aquello que consumen, que opinan compulsivamente, que acaban siendo coproductores y, en último término, creadores y destructores de las personas o símbolos que aman u odian.

La política, al igual que la expresión intelectual, musical o artística, se ha convertido en una empresa cuyo éxito radica en la rentabilidad basada en conocer bien al público, para venderle más y mejor su producto, una mercancía perecedera que hace imposible la tentativa de una permanencia sólida. La voracidad de internet diluye iconos y referentes del pasado, presente y futuro, mientras alimentamos con entusiasmo al creciente neofascismo que gestiona nuestro modo de pensar y de vivir. El vacío de líderes en Occidente, confirma su decadencia y fortalece al adoctrinamiento que se esconde tras un me gusta.

12/4/18

Nadie se escucha

El Parlamento es un ente ignorado por la sociedad. Aquí y allá, se celebran sesiones boomerang entre políticos y medios de comunicación, desganada conversación que resuena en exclusiva y hacia dentro. La información mana del interior del búnker e inmediatamente rebota en los muros que lo rodean, durante el tiempo establecido por la obligación de presentarse a cobrar. Cuando termina, la cámara queda suspendida en el silencio existencial de una nada inventada. En la calle, circula gente que mira su móvil y apenas de comunica, solo transmite y recibe el discurrir del mismo diálogo sordo que habita en las instituciones, fiel espejo del sellamiento emocional producido por la saturación.


Escuchar al otro se ha vuelto una pérdida de tiempo. Tenemos mucha prisa por llegar a lo siguiente de lo siguiente, sin concesiones para el análisis de las heridas tapadas bajo una manta de hastío generalizado. Pasamos por alto lo que pasa, guiados por un incontrolable impulso de satisfacción plástica, y es entonces cuando todo el esperpento es demasiado real como para acertar a distinguir lo estrambótico de lo habitual. Se suceden manifestaciones, protestas aceptablemente inútiles, reflejo del mismo fenómeno que nos atrapa en el aburrido malestar de echar la culpa a los demás, para justificar la inoperancia propia y ajustar cuentas con la ajena. Debates sobre el estado de la mediocridad que degradan esta democracia menuda, en función de intereses trepados a un cortoplacismo rampante que supura intoxicación, y al que luego ordenan pasar la fregona para que no huela mal.

Apariencias estratégicas sobre proyectos tridimensionales, visualmente atractivos y específicamente irreprochables en impactantes eventos y foros, que se diluyen en el escaso recuerdo colectivo, con más rapidez que las buenas intenciones. Nidos de narcisos profesionales, que se remiran mientras salivan delicias gastronómicas, salvaguardando la distancia de seguridad con el desbocado aumento de la violencia. Crece el ruido, pero nadie se escucha.


Artículo publicado en el Diario La Opinión de Tenerife el 12/04/2018

19/3/18

Mentiras


Caminaba tranquilo por la Rambla y noté que alguien me seguía. De improviso, me di la vuelta y sorprendí a mi perseguidora tratando de esconderse detrás de un árbol. Era una mentira piadosa y cobarde, pero con la suficiente cantidad de veneno como para verme obligado a ahuyentarla. Nada más deshacerme de su incómoda presencia, me cortó el paso una mentira joven e insolente, ante la que no supe reaccionar. Confuso, logré refugiarme en un bar con un cartel que decía: Se prohíbe la entrada a las mentiras. Pedí el periódico que estaba infestado de mentiras subvencionadas, mientras disimulaba mirando de reojo a los parroquianos. Algunos me parecieron sospechosos de haberse colado en el bar, disfrazados de verdad. Salí de nuevo a la calle y en el semáforo se me acercó una mentira desdentada a pedirme para comer. Entre mis dudas sobre sus verdaderas intenciones, pensé que el dinero es una de las mayores mentiras que existen, y que su utilización por parte de ciertos agentes económicos, provoca cataratas de mentiras a nivel global, embustes con tasas de interés mentiroso, valores ficticios en un mundo falso. Me detuve a sacar un billete para el tranvía y aguardé la cola de gente que hablaba y escribía mentiras en el móvil. Al acceder al vagón, y en un intento por integrarme en la sociedad mentirosa, me senté al lado de una mentira con traje y corbata. Entablamos una amigable conversación que ha fraguado en una dudosa amistad. Nos contamos nuestras vidas, y se sorprendió cuando le hablé sobre mi abuelo, que últimamente anda un poco alicaído. Resulta que, después de todos los años trabajados, le dijeron que lo de su pensión era mentira, y que él mismo, sin saberlo, podría ser un jubilado de mentira dentro de un sistema mentiroso.


Artículo publicado en el Diario La Opinión de Tenerife el 19/03/2018


27/2/18

Pero no te olvides de Forges

Forges se fue, y nos deja desiertos de ideas. En este país tan necesitado de forgianos, todo se reduce a palabras enconadas y a una nefasta actitud de olvido, plagas sociales contra las que Forges luchó a pie de viñeta.

Andamos colgados en un vacío que arrastra al buen juicio por una catarata de descalificaciones y denuncias sin cuento, absurdamente metidos en un proceso regresivo que jalea el triunfo de la degeneración democrática.

La muerte de un cronista único, que tan bien reflejó nuestras miserias patrias, sin llegar a borrarnos la sonrisa, evidencia la gravedad de los déficits de convivencia que amenazan al progreso.

Viñeta póstuma de Forges publicada en El País el 23/02/2018

Las manifestaciones retroceden en idéntica proporción al aumento de los intolerantes, como si alguien hubiera contratado a expertos en diseñar violencia, para empapar las redes de sangre que llama a más sangre.

La ausencia de tiempo y de serenidad, para reflexionar sobre lo que nos ocurre, asfixia cualquier atisbo de libertad, en una fulgurante carrera hacia atrás con el futuro desvanecido en el espejo retrovisor.

El imperio del insulto cotidiano, del ataque perteneciente al grupo de los que tienen razón, frente a los que defienden su derecho a ofenderse y contraatacar, genera la insoportable infalibilidad del que actúa según criterios imbéciles, pues no hay mayor estupidez que la falta de autocrítica. Solo queda reivindicar la memoria de los forgendros, que hacían cobrar vida a personajes inmortales, que hablan y se mueven al ritmo de nuestro reflejo más íntimo.

La muerte de Forges es el final de un derroche imaginativo, de un deleite de palabros nacidos de la observación intelectual de la calle, de un hombre bonachón que nos salvaba del delirio que contamina nuestra conversación.

En el lugar donde los gritos desaforados transitan caminos de odio y venganza, deberá aparecer una esperanza de humor forgiano, exterminadora del virus que transmite la peor de las pobrezas morales.


Artículo publicado en el diario La Opinión de Tenerife el 27/02/2018


16/1/18

Los fines del mundo

El fin del mundo ocurre todos los días. Las ficciones apocalípticas vaticinan un Armagedon instantáneo, unas pocas horas son suficientes para secuenciar el atractivo del caos total. Sin embargo, diminutas y densas realidades se filtran por los agujeros vacíos que dejan las cosas que mueren sin hacer ruido. El ojo humano está tan ocupado por sobrevivir a la nada cotidiana que desdeña casi todo lo que acontece. Somos espectadores de nosotros mismos, al situarnos en la grada y en el terreno de juego a la vez.

Vivimos el narcisismo de aplaudirnos, mientras vigilamos si nuestro público aplaude, y nos frustramos si no conseguimos aquello que los demás creen que deseamos. Andamos entre las ruinas que deja el camión de la basura, desechos que seguirán ahí después de que hayan rociado la calle con productos limpiadores de conciencias. Solo una pertinaz lluvia nos consuela de las lágrimas que brotan cuando sentimos el dolor de la tristeza común. Ajenos a esta desgracia consentida, irrumpen los hijos descendientes con preguntas incómodas y los nietos con respuestas inverosímiles, alterando nuestra percepción de encontrarnos al borde de un final de ciclo.

El ufológico cambio de era amanece y oscurece cada vez que el sol sale y se pone por donde suele, pero como animales miedosos, abrigamos la esperanza de un despertar distinto. Durante un rato, descansamos del vaivén universal y nos sentamos a fumar la pipa de la paz, nos sentimos espirituales, bondadosos para, acto seguido, sacar los cuchillos que guarda nuestro instinto depredador. Creamos y descreamos, a imitación de dioses que aman y odian las dos caras de una misma moneda. Nuestra respiración mueve el desorden, nunca terminamos de empezar finales ni de acabar comienzos, y así conseguimos deformar el tiempo, siendo capaces de imaginar todos los fines posibles, con tal de justificar los medios innecesarios para lograrlos.

Artículo publicado en el diario La Opinión de Tenerife, el 16/01/2018


4/1/18

Magnitud del tiempo

Las convenciones son vanos intentos de ordenar lo intangible, desde el forzoso encaje de acontecimientos según un orden cronológico, y de ahí toda una simbología numérica, a repartirse entre el azar y las supersticiones. Siempre buscamos un porqué, cuándo y dónde, especialmente en aquello que no alcanzamos a entender. Entonces lo resolvemos con la fecha del suceso, como quien le coloca un marco adecuado a la instantánea fotográfica que detiene el reloj en falso.

Abusamos de la estética en cualquier situación, de este modo las guerras tienen su banda sonora, su filmografía, sus descubrimientos de la ciencia devastadora que empuja cierto tipo de progreso.

Hoy los grandes iconos viven en la memoria de los nostálgicos, en un mundo que ya se acostumbró a una nueva clase social: la incertidumbre. La digitalización de la materia humana y el desarrollo de la inteligencia artificial condenan a la democracia a sufrir el peor de los olvidos. Libres, sin identidad propia, esclavos de la seguridad, algoritmos que sustituyen a ciudadanos candidatos a engrosar las filas de la mega corporación. Cómo mantener la voluntad anónima del hombre isla en la urbe sincronizada, el placer rebelde de un libro rodeado de hojarasca, la lentitud del aire que respira naturaleza más allá de los muros artificiales.

En esta sociedad circular apenas somos ruedas que giran al unísono, sin preguntarnos el sentido del giro propinado por los amos de la dirección a seguir. Y esperamos que nos llegue la ansiada calma, pero no aparece en el hotel rural de aquel vasto silencio, ni en el spa vertebrado por aromas metálicos, ni siquiera en el vaso de leche fresca que vertían nuestras abuelas analógicas. Vivimos ansiosos por alcanzar la placidez, pero hasta el más natural de los derechos, morir de una vez, nos será escamoteado por especuladores vestidos de blanco nuclear.

Artículo publicado en el diario La Opinión de Tenerife, el 04/01/2018

22/12/17

Navidad equivocada

En catálogo de general de irrealidades, el fenómeno navideño merece un capítulo aparte. La celebración que recuerda el nacimiento de nuestro salvador en un humilde pesebre -Jesuscristo y los Reyes Magos son la réplica exacta del simbolismo utilizado por todas las religiones para definir al hijo de Dios Sol, luz que anuncia el comienzo de una nueva era, seguido de tres estrellas desde el Oriente- ha sido fagocitada por la sociedad de consumo.

Lo cierto es que la fe inquebrantable es un misterio que llama a millones de personas a acudir en tropel a los centros comerciales. Quizás no haya un mañana que valga la pena si se trata de escuchar los mismos villancicos rayando el tímpano  hasta la exasperación, o a lo mejor es que ya nos hemos vuelto locos y los que aún conservan la cordura, peor para ellos, porque no se adaptarán nunca a la idea de competir por algo tan subjetivo como la felicidad de los regalos.

Aquellos que no hayan eructado los embostes vaporosos en comidas de empresa, cenas de amigos o en la tragicomedia familiar de Nochebuena, no conocerán las mieles de una larga y amarga resaca. Bienaventuradas sean las gentes que sufren de soledad severa en esta blanquísima inconsciencia colectiva, y bienaventurados los elegidos por esa cruel autocomplacencia que llaman solidaridad.

Se nos despierta el espíritu navideño -nadie sabe a ciencia cierta por qué ocurre- y mutamos en cañones que disparan felicitaciones a discreción. Aquel que se halle libre de pecado, que tire la primera piedra, así que no seré yo quien use el látigo para hostigarles con lo de que la Navidad es una equivocación. Solo les pediría que, cuando enciendan las luces del árbol, piensen despacio en cómo se van a comportar consigo mismos y con el prójimo, el resto del tiempo que no es Navidad.

Artículo publicado en el diario La Opinión de Tenerife, el 22/12/2017

7/12/17

Seres de piedra

Ser una piedra es haber alcanzado un estadio superior de la evolución. La superposición de capas protectoras alrededor del corazón sabio como ejemplo de aprendizaje para las formas en constante movimiento. El mérito sólido que aporta una piel lisa y joven, lanzada sobre la superficie del agua impredecible, o la rugosa hendidura de la madurez que cicatriza entre dunas nómadas.

Las rocas son el peso de la historia que observa la derrota de los organismos en su trágico destino. Inmóviles, solo ceden cuando la base se cansa de sostener una presencia de siglos, para terminar cayendo en la ceremonia del aplastamiento, con la paz serena de los que no esperan nada de la vida. Solo callar, inteligencia de los sentidos adiestrados en el arte de la espera, frente a las ideologías y otras modas pasajeras. Despreciar este absurdo vocacional del presente dictador, para no generar juicios de valor ni subjetividades orgullosas de su vulgar raciocinio.

Un ladrillo es mejor cosa que cualquier animal humano, por más que nos interese la altura monetaria a la que es capaz de sucumbir. Mágicos dólmenes, una lápida de mármol, acaso el misterio triangular de las pirámides egipcias, o las columnas que soportan tareas titánicas en catedrales y palacios, materiales que sobreviven a la curiosidad de la mente que las imaginó y a la mano trabajadora que fue su esclava.

La carne se pudre, el hueso termina desintegrado en polvo que arrastra un aire azaroso, pero la piedra resiste, a pesar de la erosión, del cincel del artesano que la esculpe y descubre su alma. El fuego del volcán arroja pasión incandescente que, tras enfriarse, deja petrificado lo efímero del poder.

En minas y canteras reside el sustrato de lo que somos, bellas estatuas de sal que se quedaron explicando el pasado, como imponentes monolitos futuros.

Artículo publicado en el diario La Opinión de Tenerife, el 07/12/2017

2/11/17

Gobierno Friki

Los frikis gobernarán el mundo. La frase no es inocente ni desencaminada. Frente a la existencia de estados que tratan de imponer su ordenamiento jurídico, disponemos de realidades alternativas que operan en los agujeros de la legalidad vigente. En la existencia virtual podemos crear un avatar de nosotros mismos y elegir el tipo de vida que deseamos, cambiar todo lo que se nos antoje en cualquier momento. Ese otro yo que experimenta la felicidad sin paliativos mientras interactúa con un entorno diseñado a placer. El poder del individuo consiste en apretar el botón que gestiona el juego de la vida, solo nos basta con personalizar las necesidades -lo que me gusta o rechazo- a nuestro perfil de usuario. Esto nos plantea una disyuntiva entre el actual sistema alienante, dominado por agentes económicos que utilizan los medios informativos y el marketing contra todo lo que somos capaces de construir desde una rebeldía subterránea. Y es que nada de lo que ocurre es fruto de la casualidad, ni siquiera los intentos pueriles de meternos en la cabeza ideas del pasado que hablan de repúblicas, monarquías constitucionales y democracias modernas. Son tendencias idénticas, aunque pretendan manifestarse como diferentes, porque tienen el objetivo común de tomar el control de los organismos políticos y educativos, para someternos al contrato gobierno-ciudadano. Nuestra sociedad está amenazada por estos actores del bien y del mal, marionetas desfasadas que provocan el aumento de la brecha social. La bolsa de precarizados agranda la distancia galáctica con una minoría elitista, favorecida por la globalización financiera, lo que facilita la apelación a las vías extremas. Las guerras sirven como antídoto eficaz ante los bloqueos de convivencia, pero si un grupo de frikis decide intervenir, nos encontraríamos con un modelo irreverente, un nuevo paradigma que daría sentido al sinsentido que acostumbramos comprar.

Artículo publicado en el diario La Opinión de Tenerife, el 02/11/2017


26/10/17

Extraños en el escaparate

"la tercera vía" El grafiti de TvBoy frente al Palau de la Generalitat (Foto: diario ABC)
Alguien los puso ahí. Juntos el tiempo necesario antes de que sean retirados. No se miran, apenas se conocen, las pocas palabras que llegan son transmitidas por la clientela, que opina y discute sobre el uno y el otro. Que si es más alto o más bajo, que si los visten de aquella forma, que la mirada dice una cosa y el gesto demuestra lo contrario. Los comparan y se comparan, los miran y los admiran, a veces los odian desde la antipatía o desde una rabiosa envidia. Algunos quieren al uno más que al otro, incluso hay clientes que desearían verlos muertos, o encerrados para siempre en un trastero oscuro. Hay quien habla de hornos incineradores para cuando pase su momento de gloria, si dan la orden de que los desguacen, salvo en el caso de que sirvan como floreros. Uno hace pensar más en el dinero y el otro en la cultura, aunque esto comienza a confundirse, por la cantidad de clientes insatisfechos que no saben a qué atenerse. Todos quieren vivir bien, también soñar, tener ideas geniales, ganar fama y prestigio, seguir la línea que zigzaguea entre uno y otro. A veces, los clientes sienten que en realidad son más parecidos de lo que se imaginaban. al final acabarán los dos en el mismo sitio, quizás abrazados y entendiéndose de un modo profundo y sincero, algo imposible por tenerlo prohibido mientras se encontraban expuestos a la luz de los focos. Su piel es la misma piel, su existencia dudosa y la capacidad de liderazgo cuestionable, viendo a los equipos que los rodean frecuentemente recolocándolos, moviéndolos aquí o allá, acercándolos o alejándolos según el efecto deseado, cambiando el decorado dependiendo de la estación del año y de las necesidades egoístas de la clientela. Extraños en una soledad compartida y recíproca.

Artículo publicado en el diario La Opinión de Tenerife, el 26/10/2017.



19/10/17

Paisaje desde el asombro

Tomo prestado el título de una canción de Vetusta Morla, Maldita dulzura la tuya, la mía, la nuestra. Y el tiempo, que parecía estar del lado de la verdad, la justicia y la paz, asoma su reverso tenebroso, pues nunca olvida volvernos a los unos contra los otros. Desde que tengo uso de razón, he visto progresar al país de mi infancia en todos los ámbitos. La imagen de la tele en blanco y negro, se me antoja el recuerdo de una sociedad cuya ilusión desbordaba a la ignorancia y al miedo latentes. El aire olía a libertad recién estrenada, al novedoso puesto de perros calientes que abrieron en mi calle, a las prendas Nike y al paulatino aumento de la cantidad de basuras amontonadas en las esquinas. Estaba todo por construir, avanzábamos, llegó el fenómeno turístico y nuestra mirada descubrió lenguajes diferentes, obligándonos a cambiar sin ser muy conscientes de lo que ocurría. Crecía la clase media y la estatura de los hijos de la democracia. Conocimos el exterior de nuestra provincia, viajamos, la alimentación se convirtió en algo que tenía que ver con algo más que la mera supervivencia. Nos acomodamos, creímos que las burbujas nos harían ricos para siempre, pero el mundo seguía girando alrededor de la soledad que los isleños llevamos dentro, frágiles piezas separadas del continente madre. Y las distancias psicológicas disminuyeron, para enfrentarnos al proceso que globaliza las crisis económicas, ambientales, migratorias, sanitarias, morales. Nuestra roca canaria está geolocalizada y mientras continuamos luchando por superar nuestros complejos, llega la maldita dulzura de este tiempo enrarecido, que modela sombras en una cámara que rueda hacia atrás, atropellado por la revolución tecnológica. Y nada de lo que ofrecen las multinacionales del placer nos saca del asombro, a la espera de supermanes frescos, tras la nostalgia del siglo que nos abandonó en la extrañeza de este paisaje. Mío, tuyo, nuestro.

Artículo publicado en el diario La Opinión de Tenerife el 19/10/2017.


12/10/17

Post Spain

Lo que más me sorprende del desafío independentista es que haya conseguido movilizar a tantos aburridos consumidores de la nada pasajera que llamamos democracia. Esta reafirmación de la identidad, este cierre de filas en torno a la unidad de una nación plural, marca un hito histórico que debemos agradecer al proyecto secesionista, cuyo impulso final propició Artur Mas, cuando se dio cuenta de que la ferocidad de la crisis y el 15-M viraban Catalunya hacia la izquierda. La antigua Convergencia, terminó abrazando a Esquerra y a la CUP, en una maniobra de simple supervivencia política. Pero en la vida ocurre que nuestras acciones no solo cambian el presente, sino que también son capaces de alterar el incierto futuro. Y llegados a este punto asistimos, perplejos, al inicio de una nueva transición política y social en una España necesitada de regeneración. La débil recuperación económica, la deuda que aumenta, el previsible ajuste en el sistema de pensiones, el paro estructural a pesar de la burbuja turística, y la corrupción sistémica que actúa como la savia, desde las raíces hasta la última rama de nuestro árbol genealógico, son el magma incandescente que transcurre bajo el artificio de la revuelta civil. En las redes se cruzan insultos con monólogos, y en las familias se enfadan los que están muy a favor con los que están demasiado en contra, mientras la equidistante bandera blanca trata de ganar influencia. La cercanía de sabernos a punto de caer al abismo, obedece más a deducciones ofrecidas en bandeja por la lógica de los acontecimientos, que a una reflexión sosegada sobre la exagerada manipulación a la que estamos sometidos. La emoción colectiva tele dirigida que porta banderas, es el fantasma de un Estado que prefiere trasladar su miedo a los ciudadanos en vez de atreverse a superar el franquismo sociológico y construir una disruptiva e inaplazable post Spain.

Artículo publicado en el diario La Opinión de Tenerife el 12/10/2107.




28/9/17

Circo sin medida


Bienvenidos al circo sin medida, donde nada es lo que nada parece. Pasen y vean el desfile militar de espejos al revés, tenemos prohibido que alguien pueda verse reflejado. Insólita maravilla de trapecistas y sus evoluciones en el suelo anti resbaladizo, con la red bien alta y el peligro constante de caer abruptamente sobre ellos embrollo de piruetas eternas.

Lloren desconsolados con nuestros originales payasos pingüinos de negro y maletín, no los miren a los ojos o acabarán seducidos por el embrujo de la risa nerviosa. Y el espectacular número de leones disecados, vestidos de domador, con el látigo entre las fauces, en amenazante postura, siempre en busca de alguna presa domesticable. Prepárense para recibir a los hombre bala, disparando cañones en forma de panes tiernos, que saciarán su hambre perpetua de emociones nuevas.

Sigan el show del conejo Plim capaz de sacar al mago de la chistera, mientras lanza palomas de la paz como cuchillos afilados que esquivan la cabeza de un unicornio voluntario. Equilibristas, héroes del desequilibrio, doblan barras empozoñadas retando a los forzudos a luchar por conseguir besar a la mujer afeitada, que ondea una bandera en el centro del remolino de fuego. Bandera blanca, epílogo de todas las banderas.

El maestro de ceremonias es un anciano con cara de anciano, siempre en medio de las alocadas disputas entre trampolines al éxito y pianos fracasados. Lo mejor vendrá cuando se apaguen las luces y obliguemos al público a imaginar la sorpresa que les deparamos. Entonces llega nuestra pequeña revolución, la carpa desaparece y quedan desprotegidos a cielo abierto. Se divisan estrellas formando palabras y signos ininteligibles. Deleite de desilusiones y conjeturas por descifrar lo desconocido. Hasta que un megáfono colgante habla. Y traduce. Abran los ojos. No tengan miedo. Somos el circo sin medida, hemos venido para avisarles de que, ustedes, odioso público, son la medida de todos los circos.

Artículo publicado en el diario La Opinión de Tenerife el 28/09/2017


14/9/17

Sonrían

El rastro de las sombras que perseguimos es la cuenta atrás en el teatro negro del Armagedon. y si el aleteo de una mariposa equivale a una explosión nuclear de celos, podemos estar tranquilos, que ya la naturaleza pondrá las cosas en su sitio. En el mismo lugar donde todo comenzó, podría ser África, el continente raíz, origen y misterio de la noria civilizatoria. Nuestro sudor es el mismo sudor del antepasado que dejó de ser primate para ser el primero de la clase. Absurdo y maravilloso aquelarre de fantasías grandilocuentes que nos ha traído hasta esta esquina de la historia. Y bueno, hay que decirlo: las máquinas serán mejores que nosotros y esperan, como solo sabe esperar una máquina, para terminar de agarrar el testigo y correr. Ahora más que nunca deberíamos empeñarnos en sentirnos alegres, sabedores de nuestra individualidad manifiestamente saludable. Porque de amenazadoras guillotinas globales vamos demasiado servidos, dicho sea sin menospreciar las ansias legítimas de nacional populismos que ponen de luto las democracias.

Compuesta y sin novio se queda la estatua de la libertad, violada y torturada, no importa el orden ni el concierto de naciones con el pulso débil, pues falta ilusión por recuperar el sentido de aquellas cosas en las que creíamos. La precariedad no resiste comparación con el glamour de la desigualdad de antes. Antes había clases, teníamos algo por lo que luchar, había natalidad y no había tanto perro para acompañar el vacío de la soledad digital. Antes, nos descojonábamos con vulgaridades, espontáneos, y no nos tomábamos tan en serio la seriedad del humor inteligente que ha invadido todos los monólogos. Ya solo nos quedan el Sálvame y el Salvados, pues aquí se trata de salvarnos como sea, y el arrebato de pasión bien pagado de la Esteban, es tan nuestro como el agudo periodismo de el Évole. Sonrían, please.


Artículo publicado en el diario La Opinión de Tenerife, el 14/09/2017.

31/8/17

Farsantes

La farsa que se vive en Cataluña es el resultado de una redundante esclerosis política. Los muertos significan bien poco cuando el trasunto de la independencia llama a rebato. Los periódicos habrán amarilleado y la ceremonia de la perplejidad aun seguirá consumiendo las entrañas de un país roto. Y quien dice país, dice la gente de a pie, la que transita de puntillas sobre los restos con olor a azufre que dejan los usurpadores de turno. La nacionalidad con aires de grandeza tiene un serio problema de identidad, cuando la globalización estalla en las ramblas sin preocuparse de llamar a la puerta. El proceso secesionista es la desesperada salida al pantano de corrupción que anega las instituciones en Cataluña, muy en consonancia con las corruptelas del estado español, grotescamente camufladas con advertencias teñidas de trasnochado patriotismo. El fracaso de la democracia es el de la pérdida de una idea de progreso, en virtud de ansias pueriles, desde el pelotazo urbanístico hasta la cultura endogámica. Si rescatamos al Quijote y lo situamos en la época actual, su lanza solitaria sin más compañía que la del fiel Sancho, necesitaría un ejército de intocables para deshacer tanto entuerto de mediáticos fanatismos. Independizarse de qué y de quién, si millones de turistas llegan reclamando su hueco de gloria, su yo estuve aquí y pisé suelo que en realidad es de todos y de nadie, por mucho que se repitan de corrido y sin abrir los ojos, viejas letanías e inquebrantables dogmas de fe. Romper con qué y con quién, mientras el cambio climático amenaza con asombrarnos ante nuestra propia necedad. Aislar de qué y de quién en este planeta internet que hace tabla rasa de todas las utopías.

Nuestra sociedad zombie se deja convencer por farsantes olvidando que negar al otro es negarse a uno mismo.

Artículo publicado en el diario La Opinión de Tenerife el 31/08/2017.

24/8/17

Lo que hay detrás

Viñeta de Mafalda. Autor: Quino.

Nuestra sociedad está amenazada. Los medios de manipulación masiva extienden el miedo, la emoción más poderosa, en aras de su propia supervivencia, sirviendo de forma tácita a intereses opacos que nos sacan mucha ventaja. Para los que pensábamos que el bienestar y los valores -digamos- europeos, eran un maná inagotable y que lo normal sería vivir siempre en democracia, sin sangre molesta salpicando nuestra calle, se nos está cayendo disneylandia a trozos. No habíamos reparado en que este período de paz y prosperidad llegó precedido de dos guerras mundiales y que, lo habitual entre las tribus, es pelear hasta matarse, para luego negociar acuerdos con el objetivo de ganar tiempo preparando la siguiente confrontación. Claro que el modelo consumista que adoramos nos tiene bastante ocupados comprando todo lo que nos venden. Últimamente, el miedo a que alguien descubra errores no previstos en las ficciones oficiales, se combate con una expresión de pánico aún mayor: la terrible verdad. Si alguien se acuerda de su significado, que se levante para ser inmediatamente identificado como elemento subversivo y muy peligroso para el orden social. El control total del individuo es lo que se mueve entre bambalinas, bien orquestado y por nuestra propia seguridad. A lo mejor nos falta perspectiva sobre los hechos y nos creemos que solo se trata de que si en catalán o en español, que si el joven monstruo fugitivo y marroquí, que si el imán de la célula terrorista, que si las declaraciones institucionales y los boatos solemnes. Por encima y por debajo de estos relatos que explican la realidad, se ocultan interpretaciones que no aparecen en escena. Crear un estado momentáneo de caos, con un puñado de inocentes asesinados en virtud del funesto azar, provocan un shock que actúa con la lógica de una perfecta justificación para atentar contra lo que queda de nuestra decrépita libertad. Un negocio a varias bandas que garantiza excelentes resultados.

Artículo publicado en el diario La Opinión de Tenerife el 24/08/2017.


17/8/17

Pobres microalgas

Que sean la señal de un capitalismo que agoniza, podría resultar exagerado. Al fin y al cabo, cualquier organismo vivo aspira a ser algo, a crecer y propagarse como una plaga con el necesario grado de ambición. Sucede con los actores y también como algunos políticos que quieren superarse a sí mismos, viendo su imagen replicada mientras se despachan con simplezas ante preguntas complejas. Y, llegados al momento de las contradicciones flotando en nuestras amadas costas, todas las pormenorizadas explicaciones de variopintos expertos en la materia, no son suficientes, ni siquiera creíbles, para sofocar el mosqueo ignorante de la gente. Que sean una metáfora de la contracultura convertida en marca, en canción de verano o en disfraz murguero para los próximos carnavales, podría parecer demasiado.

Fotografía publicada en el diario La Opinión de Tenerife, el 27/07/2017

Las modas, igual de los discursos elegantes, dejan su residuo tóxico en quienes se creen que los problemas van a desaparecer porque ya pasará, ya se arreglará; ya alguien se estará ocupando de ello. No estamos acostumbrados a preguntarnos por lo que sucede en el mar que, casualmente, nos rodea, el mar que sostiene nuestro ecosistema turístico, el mar sin el que no existiríamos.

Y, de repente, nos damos cuenta de que lo del cambio climático va a ser verdad, que la temperatura del agua está aumentando, que la floración de especies invasoras confirma el lento proceso de tropicalización en Canarias. Que, sea por la limpieza de las plataformas petrolíferas, que si los vertidos de ayuntamientos irresponsables que son de otro partido, que si el gobierno negando con micmroentiras una asquerosa macroverdad, que si la oposición aprovechando para hacerlos trabajar en vacaciones, podría considerarme desconsiderado.

Pero, ¿qué culpa tendrán las microalgas, si lo único que desean es alimentarse, ocupar cada vez más espacio, defenderse de sus enemigos y eliminar a los competidores?. ¡Pobres!.

Artículo publicado en el diario La Opinión de Tenerife el 17/08/2017


4/8/17

La vida en una nube


A veces sueño que vivo en una nube, mecido por escalones de niebla que se disipan para volver a cerrarse sobre sí mismos. En las alturas, me asomo al batir de las olas que rompen allá abajo y vierten su caudal de humedad desde muy arriba, atravesando entre jirones acuosos el silencio de esta naturaleza volcánica. En la penumbra, escucho el tic tac del cuco marcando horas descompuestas en minutos y segundos, iguales pero distintos al tiempo del día que murió y que anda vagando a la espera del reencuentro. Regreso a la nube y veo despegar aquel satélite soviético, el Sputnik, ascendiendo veloz dentro de un vaso de ron con hielo. En lo profundo de mi interior, surge el sonido acompasado de la percusión y un pianista que baila, jugando a improvisar saltos y piruetas sin más limite que el de la nubosa imaginación. Fuera, la luna sigue los pasos a la noche joven que camina deprisa, ignorando a la nube vigilante transformada en una playa de arena nueva, negra y muda como la noche recubierta de pisadas viejas. Al darme la vuelta, el abismo que quiere avisarme de sueños atrás, la infancia en casa de mis abuelos, que también viven y sueñan en la misma nube que yo. La plaza de siempre tapizada de mesas y sillas alrededor del quiosco que sobresale en el centro de la nube. Conversación, risas, alguna lágrima en el laberinto de nuestro camino errático a la sombra del fuego que nos devora la carne y los huesos. Visitantes que llegan desde nubes lejanas, colonos esparcidos en el regazo de valles somnolientos, calles de colores, esquinas de viento que van y vienen. Discos de vinilo clasificados por emociones y deseos, registradores de sueños como los de la nube que me sueña viviendo en ella.

Artículo publicado en el diario La Opinión de Tenerife el 04/08/2017




20/7/17

Animales del turismo



Trufan el desierto veraniego extraños animales de dos patas que recorren las calles, como perdidos. La soledad masificada agujerea los dominios turísticos y en mil rincones horadados por esta jauría salvaje reposa una escultura atravesada de flashes.

Enfebrecidos, visitan, sonríen, algunos gritan, mientras el vomitorio de las redes sociales jalea las necesidades acuciantes de la manada. Avanzan y retroceden en grupos climatizados, o con una mochila a cuestas. Sudan las sandalias, deportistas de ocasión que observan el instante y regresan al veloz desafío de ser felices, antes de que termine la experiencia y tengan que desocupar los espacios. Se tropiezan, se rebelan, compran cultura enlatada al vacío, souvenirs sin vida, platos típicos a la altura de su entusiasta ansiedad. Provocan el ruido infatigable que obstruye cualquier silencio digno de admiración. Comen, beben, queman el sol o la nieve, y alquilan tiempo en hoteles o casas enardecidos de puro alboroto. Corren, caminan despistados en la saturación aeroportuaria, se agotan hacinados en aviones low cost. También se divierten, a veces se relajan, leen un rato o miran la televisión que emite la misma publicidad que ven en otros lugares. Agradecidos, encuentran la calle principal, la de los comercios y restauración idénticos a los del año pasado y el anterior. Merma la capacidad de asombro de los animales de dos patas, buscadores de sorpresas de lo que nadie sintió, de lo genuinamente autóctono, lo virgen. Pero lo especial no aparece, y entonces se desparraman en bancos y plazas, exhaustos. Quizás sean los únicos animales capaces de querer estar en un sitio y, al mismo tiempo, sentir el deseo irrefrenable de salir huyendo. Animales extraños que imaginan cómo sería la libertad, lejos de los zoológicos y acuarios construidos por la civilización. Animales erguidos, profesionales del turismo abrazados a los designios de la nueva fe digital.

Artículo publicado en el diario La Opinión de Tenerife el 20/07/2017